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Ayer cayó esta foto entre mis manos, y no pude evitar sentir  la necesidad de compartir mi experiencia contigo.


A los 25 años sufrí Anorexia. Desde mi ignorancia, hace mucho tiempo atrás, pensaba que esto era algo que solo padecían adolescentes difíciles o jóvenes 'superficiales', sin embargo yo, una mujer de 25 años, casada, trabajadora, con inquietudes, la carrera de Psicología y un Máster, no pude evitarla. 

Atravesaba un duelo complejo y el estrés emocional me llevó a perder unos kilos. En un momento donde todo era gris oscuro, muchas personas de mi entorno inocentemente empezaron a decirme que estaba estupenda con esos kilos de menos y de repente mi mente encontró un salvavidas donde agarrarse en medio del desolador escenario en el que me sentía inmersa. La obsesión se instaló cómodamente en mí y se apoderó de toda mi atención, al tiempo que evitaba que pudiese tocar el dolor de la pérdida. 

Inicialmente, me propuse mantenerme en ese peso, luego me pareció que podría estar bien perder algo más. En medio del vacío, mi hambrienta búsqueda de ese maravilloso estímulo exterior, se había vuelto imparable. Mi inagotable auto exigencia y disciplina hicieron el resto. Poco a poco me fui sometiendo a una estricta dieta con la que pasé de los 50 a los 36 kg. Sin darme cuenta había empezado mi lenta agonía. Había memorizado todas las tablas de Kcal, establecía menús de no más de 100 kcal por toma y me sometía a dos imparables horas de gimnasio. Mi ciclo menstrual se retiró. Mi pelo, mi piel y mis dientes empezaron a estropearse. Después de comer, necesitaba correr al baño a vaciar mi interior, sintiéndome tan vulnerable como miserable. En pocos minutos recuperaba el aliento y salía de allí con aires de grandeza: ‘yo seguía teniendo el control ese día’. Cuando me sentaba, sentía el dolor mis huesos en contacto con la silla y aún así usar la talla 32 de pantalón me parecía reconfortante. Cualquier invitación a una comida o un festejo era una tortura que tenía que planificar como compensar luego y por increíble que parezca, estaba en absoluta negación con todo y con todos: ‘estoy bien, no me pasa nada, LO TENGO CONTROLADO’. 

Ese refuerzo positivo que tanto anhelaba de mi entorno, se había convertido en preocupación por quienes me querían y ya no sabían cómo actuar conmigo: si me insistían en que comiese me enfadaba, si me invitaban a ver la realidad me sentía totalmente incomprendida y me aislaba. Era consciente de mi problema pero algo más grande que yo me dominaba ahora, en realidad no controlaba NADA. No es que no quisiese, es que no podía. Mi mente ya no dependía de mí, actuaba de forma independiente en base a una especie de programa. 

Fui a diferentes médicos en varias ocasiones por distintos motivos relacionados con mi estricta dieta. Todos me pesaron, todos me dijeron que estaba muy delgada, pero nadie se sentó ni 5 minutos conmigo a explicarme que es lo que podía estarme pasando, ni las consecuencias de una enfermedad como la que padecía. Quizás si lo hubiesen hecho, no lo habría escuchado, pero quizás si me hubiesen inyectado la suficiente dosis de miedo en el cuerpo, esa golosa y adictiva sensación de absoluto control que me mantenía en la enfermedad, hubiese caído. Escribo desde el enfado sí, pero NO los juzgo a ellos. Sencillamente me entristece que un sistema como la Sanidad, que se presupone al servicio de las personas, no lo esté, en la mayoría de los casos, para atender los trastornos psicológicos. Yo necesitaba ayuda profesional y una vez más, la enfermedad mental se trataba en casa, sin prescripciones, sin ayuda, como si fuese un resfriado común que se extinguiría en un unos días. Tras dos años de auto tortura, negación, auto engaño y arrogante desafío a la vida, solo una persona consiguió hacerme reaccionar. 

Ante la inminente amenaza de otra posible perdida, me vi sentada en la consulta de un psicólogo privado. Yo, que tenía sus mismos estudios, reconociendo mi enfermedad en un desgarrador reencuentro conmigo misma, que sería el principio de un largo y liberador camino hacia el dolor que mi enfermedad mantenía oculto. Pude reconocer y empezar a transformar qué había tras el síntoma, empecé a poner luz en mis sombras. Tardé mucho en volver a ser yo, pero cuando ahora me veo, me siento feliz de seguir viva, tras una enfermedad que aprendimos como crónica en la universidad.

 

Esto no me hace mejor, ni peor persona, no lo logré sola, no soy ninguna heroína, en mi destino estaba crecer a través de esta experiencia que comparto para quienes tengan algún conocid@ en su entorno.

 

Por favor, tratar a estas personas con AMOR, porque a pesar de parecer que les sobra auto confianza y seguridad, precisamente eso es lo que les falta, AMOR. Todos necesitamos amor.

 

No les exijan, no los obliguen, ellos lo hacen continuamente, son especialistas en eso, son enfermos del control. Acompáñenlos a ver la realidad desde el cariño y la comprensión, mantengan la comunicación, pidan ayuda profesional porque siempre hay algo detrás de una fijación cuyo origen hay que identificar y tratar, piensen que su vida está en juego y puede que ellos ya se hayan perdido en si mismos, aunque su arrogancia y su miedo les impidan verlo.

A menudo mucha gente me pregunta, ¿qué es amarse a sí mismo? y me preocupa este interrogante por ser algo que tendríamos que tener integrado y aun así nos los cuestionamos… 

Desde luego no tiene nada que ver con la exigencia. Desde mi experiencia, es aceptar incondicionalmente tu cuerpo y tu personalidad tomando consciencia de tus fortalezas y debilidades, es darte permiso para disfrutar, para vivir, proponiéndote mejorar aquello que te impida ser feliz, a tu ritmo, si, porque cada uno tiene el suyo. El cuerpo simboliza la vida y la vida es cíclica. No esperes ser el mismo con 20, 30 o 60… todo cambia, el cuerpo cambia, todo tiene su momento. Es importante que dejemos de hacer marketing con nuestro físico. El que sigue soñando con una idealizada perfección y la eterna juventud está rechazando la vida y el que invita a ello es su cómplice.

 

Los trastornos alimenticios tienen cura. Yo sané, tu también puedes hacerlo. Siempre hay algo oculto tras el trastorno que te ayudará a crecer. 

 


Si crees que puede serle útil a alguien, compártelo… Gracias.

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