August 5, 2018

August 5, 2018

Please reload

Entradas recientes

Desde dónde ABRAZAS a tus hijos

August 5, 2018

1/10
Please reload

Entradas destacadas

Con alas para sus sueños

August 15, 2019

Un relato sobre los estereotipos de género, un retrato de nuestra realidad social y una invitación a reflexionar sobre la importancia de UN CAMBIO...

 

CON ALAS PARA SUS SUEÑOS                                                                                                         _

 

'Se levantaba cada mañana, con el alma rota de agotamiento y, aun así, con una sonrisa, siempre riendo. Despertaba con dulzura a sus dos preciosas hijas y bajaba a preparar sus almuerzos. Mientras desayunaban, planchaba uniformes, recogía las camas y las peinaba el pelo. Casi sin comer nada, las acompañaba impecables hasta el colegio y las deseaba un precioso día con un tierno beso. Desde su coche, antes de irse, las miraba y con voz profunda las susurraba: ‘recordad siempre vuestra valía, que no os sucumban los miedos, que no os envenenen los sueños’.

 

Se marchaba a trabajar sintiendo, que su jornal sería un infierno. No quería atender las mofas de más necios, ni sentirse bajo el yugo juicio de una envidia ignorante; de miradas errantes de sabor amargo y matiz violento. Su angustia en aquel momento, apretaba tanto como su anhelo de poder compartir con sus hijas el precioso día entero: sin carreras, sin resuellos.

 

A pesar de su aspecto: de lánguido rostro y marcadas ojeras, de pisada cansada y andar ligero, pocos no hablaban, como de un privilegio, con grotesca ironía y en tono burlesco, de su permiso, de su derecho, para salir a las cuatro y recoger a sus hijas tras su almuerzo. Todos pedían que hiciese más, por miedo a sentirse menos. Todos exigían, a su manera, que se quedase a hacer su jornal completo. Pocos veían como corría y se llevaba trabajo a casa, para no perder su empleo.

 

Y salía a las cuatro sí, y salía corriendo. Y entre atascos avanzaba hasta quedarse sin aliento, todo para llegar a tiempo, para que sus hijas no esperasen solas en la puerta de un colegio.

 

Aun urgiendo, llegaban a casa y salían de nuevo como si algo anduviese ardiendo. Siempre tocaba 'música, o danza o algún entreno', y mientras ellas disfrutaban, se apresuraba, hacia la compra y volvía a buscarlas pensando de nuevo, si algo faltaba en toda esa lista que hizo en su mente, por no poder parar el tiempo: la comida de la semana, la reunión de mañana, el partido de Sara, el disfraz de Mariela, la vacuna del perro…

 

De nuevo en casa, tras la ducha, les entraba sueño... y mientras ellas dibujaban, tendía la ropa, fregaba el baño, barría el suelo, preparaba un guiso y por fin compartían la cena agradeciendo las bendiciones de un día eterno. Cuando acababan leían un cuento. Luego las arropaba con ternura y sus párpados se rendían sobre sus ojos, hasta que de repente un recuerdo, agitaba su agotamiento: aún quedaba limpiar la cocina, recoger la colada, ¡preparar los informes para mañana! de un salto, dejaba la cama, se arremangaba, se hacía un café y acariciaba de nuevo en silencio, con somnolencia la madrugada.

 

Había aprendido a trabajar duro, sin lamentos, agradeciendo la bendición de los hijos, sacándolos adelante sin miedos, más allá de las circunstancias, más allá de sus sueños. Generación tras generación, es lo que habían hecho.

 

En sábado aprovechaba para alargar la mañana, sin carreras, sin prisas, sin fragancia a madrugada. Se vestía especialmente: escogía con atención su ropa, se ponía perfume y esperaba, esperaba la magia de un nuevo encuentro, esperaba al amor con su corazón abierto, esperaba mientras sus hijas iban creciendo.

 

Y cuando llegaba a casa, tendía la ropa, fregaba el baño, barría el suelo, preparaba un guiso y tras la cena, leían su cuento. Tras un día especial e intenso, paraba un instante y se dejaba abrazar por el vacío de su silencio. Mientras sus hijas dormían, pensaba en lo fácil que sería su vida, sin tantos perjuicios, sin tanta exigencia, con más sensatez y menos miedos.

 

Nadie entendía porque con estudios y un buen puesto, abandonaba, tras tantos esfuerzos, la incierta carrera a eso que muchos llamaban ‘éxito’. Nadie entendía por qué, tras tanto superfluo e inmaduro deseo, de poder, de reconocimiento, renunciaba a un buen sueldo y pasaba sus horas contando el dinero. Nadie entendía por qué prefería un humilde piso y un coche viejo, por seguir entregando sin descanso, su vida sin sueños. Y la soledad le invadía más que el vacío de su silencio, y entonces aquel hombre, de nombre Fran, entregado y bueno, en medio de su soledad se sentía pequeño.

 

Él cargaba sobre su espalda la vergüenza y la culpa de muchos que le precedieron. Se miraba al espejo, y en un lugar oscuro de su preciosa alma, se sentía perverso, solo por ser hombre, por lo que otros habían hecho. Y no se reconocía, y le daba miedo. Por eso intentó, con todo su anhelo, cuidar de sus hijas como otros muchos no supieron.

 

Cuando su amada mujer los dejó, Fran comprendió que el dolor que la empujó no era de su tiempo, venía de lejos. Siempre la trató con amor, pero a ella no le llegaba, sus heridas desangraban un corazón roto por la violencia de sus recuerdos: nunca un hombre la trató con respeto; nunca un hombre valoró su belleza, su coraje, su fuerza: todos la vieron como un objeto. Ni siquiera su padre, por ser mujer, hizo valer sus sueños.

 

Y el dolor desgarraba su alma, y a pesar de los esfuerzos de aquel hombre noble y bueno, ella siempre recordaba a Fran, la vergüenza y la culpa que reflejaba en su espejo. Y no pudo soportar tanto AMOR, tanta ternura, tanto halago no violento, porque ella jamás se sintió con derecho. Y su frustración crecía a la par que su angustia; y juntos miraban su espejo, sin encontrar la respuesta a sus lejanos anhelos. Y ella se fue, se fue muy lejos, huyendo de sus tormentos. Y Fran lo entendió, y sin dudarlo, protegió sus secretos, y jamás la juzgó por huir del horror de sus adentros. Desde su corazón dolorido, pero latiendo, entregó a sus hijas todo su tiempo, todo el amor que su amada, desangrada por sus recuerdos, no pudo abrazar en su pecho.

 

Y hablaba a sus hijas, con los ojos brillantes y un nudo en el seno, de la hermosa y valiente madre que un día tuvieron: de una mujer coraje, digna de admiración y respeto. Una mujer sensible, apasionada y libre, que quizás volvería algún día, con alas para sus sueños.

 

Y las hablaba a sus hijas de amor y respeto; y las hablaba de actitud y talento; y las hablaba de lo fugaz y superfluo del cuerpo; y las enseñaba con hechos. Por qué un día serían mujeres: mujeres coraje, dignas de admiración, repletas de ingenio. Mujeres con derechos; mujeres sensibles, apasionadas, ¡libres!. Mujeres hermosas, mujeres brillantes, mujeres valientes. Mujeres sin dueño.

 

Y mientras las hablaba, Fran se miraba al espejo, y sentía que algo cambiaba en las tinieblas de sus adentros. Y las hablaba y tejía con cada palabra, con cada beso, preciosas alas para sus sueños.

 

Autor. Rebeca Pabón. www.rebecapabon.es

----------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

¿Dime algo, a quién viste al empezar a leer este relato, a un HOMBRE (Fran) o a una MUJER?

 

Date cuenta de lo profundo que se hallan en ti los estereotipos

y como siguen dirigiéndote desde tu inconsciente...

 

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload